Desde hace días, y pese a la censura, el mundo entero ha visto las masivas demostraciones de los iraníes protestando contra el fraude en las elecciones del 12 de junio. No cabe duda de que las protestas han estremecido la república islámica, la cual consta de un régimen sumamente represivo.
Irán juega un papel singularmente importante y complejo en el Medio Oriente. En primer lugar no es un país árabe sino persa y los iraníes no hablan árabe sino farsi. Y, lo más importante, no son sunitas, como la inmensa mayoría del mundo árabe, sino chiitas. La escisión sunita-chiita se remonta al siglo VII D.C y a la gran discusión sobre quién era el verdadero sucesor de Mahoma. A su muerte, uno de sus lugartenientes, Abu-Bakr, fue nombrado su heredero y califa. La gran mayoría que lo aceptó son los llamados sunitas. La palabra viene de Sunna, una colección de dichos y hechos de Mahoma transmitía de forma oral. Los sunitas no sólo se orientan por el Corán sino también por la Suna, lo que les permite adoptar el Corán a las condiciones de la época.
Una minoría, sin embargo, creía que Mahoma había escogido como heredero a Alí, su primo, yerno y el padre de sus nietos. Son los llamados chiitas, que viene de chi, socio o partidario de Alí. El cisma se hizo permanente tras la batalla de Karbala en 680, cuando el hijo de Alí, Hussein, murió a manos de los soldados del califa. La veneración de los chiitas por los descendientes de Mahoma ha contribuido a un clero mucho más centralizado y jerarquizado, con los ayatolas como la máxima autoridad. Los sunitas son mucho más descentralizados. Ahora bien, entre el 85 y el 90 por ciento de los musulmanes son sunitas. Los chiitas, sin embargo, son mayoritarios en Irán, Irak, Azerbaiyán, Bahrein y el sur del Líbano. Es bueno recordar que Hezbolá es una organización terrorista chiita, financiada y dirigida desde Irán. Los chiitas son minorías aunque relativamente importantes en Siria, Afganistán y Pakistán.
La mayoría de los chiitas cree que hubo 12 legítimos sucesores de Mahoma como califa y que el último imán, ahora llamado el Mahdi, desapareció arrebatado por Dios. Muchos chiitas creen que el Mahdi va a regresar al mundo como salvador para encabezar una batalla entre las fuerzas del Bien y el Mal que terminará en mil años de paz y el fin del mundo. En la práctica, esto ha llevado a una retórica apocalíptica por parte del controvertido presidente de Irán Mahmoud Ahmadinejad y del iraquí Moqtada al-Sadr. Y cabe cuestionarse, cómo es posible que prácticamente el destino del mundo esté en manos de un personaje como éste.
En todo el mundo árabe, abrumadoramente sunita, hay temor y una profunda desconfianza hacia el Irán chiita. Irán está desarrollando un programa de armas atómicas y de misiles para transportarlas. Y amenazando constantemente con borrar a Israel del mapa. Existen, por consiguiente, condiciones objetivas para una alianza entre Israel y la mayoría del mundo árabe. Desgraciadamente, su antisemitismo parece insuperable.
Es precisamente esta desconfianza la que hará que estas naciones no logren superar sus diferencias y se vean envueltas, como desde hace ya tantos años, en una separada línea ideológica, que mantiene además los destinos de los pueblos confrontados. Esta misma línea es la que trazaron hace cientos de años los iniciadores de la cultura islámica, y mientras en su propio país Irán no logren unificar fuerzas y trabajar por un bien común entre sunitas y Chiítas los destinos del Oriente Medio seguirán batiéndose entre guerras, muerte y coterráneos enemigos.
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